martes, 10 de julio de 2012

José Perelló Torrens


José Perelló Torrens nació en Alicante en 1885. Fue el primer alcalde democrático de la localidad de Tormos, primero por Acción Republicana y luego por Izquierda Republicana. Estuvo al frente de los destinos del Ayuntamiento desde abril de 1931 hasta el final de la guerra civil. En su haber queda su preocupación y labor en beneficio del abastecimiento de agua de la localidad. En la guerra se empeñó en evitar matanzas de personas significadas de la derecha en Tormo. Además, dio cobijo a las hermanas carmelitas de Denia. Al terminar la guerra fue denunciado por el jefe local de la Falange, por lo que fue detenido en el verano de 1939. Estuvo en una cárcel provisional en Denia hasta noviembre de ese mismo año. Posteriormente, fue trasladado al campo de concentración habilitado en la Cartuja de Porta Coeli en Valencia. El 5 de abril de 1940 fue sometido a consejo de guerra en Alicante, siendo condenado por delito de auxilio a la rebelión a una pena leve, ya que fue de seis meses y un día; seguramente, debió pesar el testimonio del cura párroco de Tormos, Luis Ripoll Ginestar. Es probable que, de no haber sido así, hubiera sufrido una pena mayor de cárcel o la pena capital. Nuestro protagonista murió en 1955.

En el año 2009, Joaquín Riera Ginestar, bisnieto de José Perelló, consiguió una reparación moral y reconocimiento personal del Ministerio de Justicia. En noviembre de 2011, el Ayuntamiento de Tormos le concedió el nombre de una calle.


Ver:













lunes, 9 de julio de 2012

Faustino Carretero Hernández


Faustino Carretero Hernández, vecino de Béjar, albañil y soltero. Murió el 19 de julio de 1936 por un tiroteo con Ignacio Sánchez Cobaleda. Otra versión cuenta que el tiroteo fue con las tropas sublevadas que pasaban hacia Salamanca. Existe hasta una tercera versión: moriría por la explosión de una bomba en las manos. La muerte se produjo en la carretera de Cáceres a Salamanca.

Ver:


Miguel Miñana Barroso, La represión franquista en Béjar:




Por otro lado, hemos encontrado que murió el 21 de julio de 1936, a la edad de 19 años, por ejecución extrajudicial y está enterrado en el cementerio de Béjar:

domingo, 8 de julio de 2012

La unificación alemana


La situación previa


El Sacro Imperio Romano Germánico de origen medieval sobrevivió hasta las guerras napoleónicas. El Congreso de Viena creó en el año 1815 una Confederación Germánica en la que convivían más de treinta estados. Los dos más importantes eran el Imperio Austriaco, en el sudeste, y que controlaba la Confederación; y el reino de Prusia, dividido en dos partes, una al este y otra al oeste (Renania). Los dos estados tenían, además, parte importante de sus territorios fuera de la Confederación.

La mayor parte de la población de la Confederación mantenía un fuerte vínculo cultural: el alemán como lengua común. Pero, también es cierto que había mucha población de lengua alemana fuera de la Confederación y que existía otra población que no lo hablaba dentro de la Confederación.


La vía revolucionaria (1815-1848)

La revolución de 1848 intentó establecer un estado nacional sobre bases liberales y populares. El Parlamento de Francfort buscaba crear una constitución alemana pero no contó ni con el apoyo de Austria ni con el de Prusia, además de recibir la hostilidad de las minorías no alemanas como la checa. A partir de este fracaso, se empezaron a barajar dos proyectos políticos: la “Gran Alemania”, encabezada por Austria y la “Pequeña Alemania”, con Prusia como protagonista.

La unión económica precedió a la política en el caso alemán. En 1834 se creó el Zollwerein, espacio de libre comercio establecido en torno a Prusia, y que excluía a Austria. El Zollwerein contribuyó a unir los intereses de industriales, comerciantes y terratenientes en un mercado nacional protegido de la competencia exterior, especialmente, de la británica.


La vía de la guerra (1849-1871)

El promotor de la unificación alemana fue Prusia y su canciller, Otto von Bismarck, que estaba al frente del gobierno prusiano desde el año 1862. Bismarck era un junker prusiano, es decir, un terrateniente conservador, representante de la aristocracia y contrario al liberalismo, aunque entendía que para mantener el poder de la aristocracia y las viejas jerarquías, había que utilizar y manipular las nuevas formas de la sociedad: parlamento, opinión pública, liberalismo, capitalismo y partidos políticos. En su objetivo de unificar Alemania se valió de las guerras.

En 1864 aprovechó un conflicto entre la Confederación Germánica y Dinamarca, sobre quién debía heredar los ducados de Schleswig y Holstein, con una importante población de lengua alemana, pero bajo autoridad del monarca danés. Bismarck consiguió el apoyo de Austria y declararon la guerra a Dinamarca. Tras la derrota danesa, los ducados pasaron a ser administrados por austriacos y prusianos.

Pero esta unión de prusianos y austriacos duró poco. Las disensiones eran evidentes y Bismarck decidió provocar el estallido de otra guerra en 1866 con el apoyo de Italia contra Austria. Con la derrota de Austria Italia consiguió el Véneto y Prusia que la Confederación se remodelara y pasara a ser denominada Confederación del Norte, de la que quedó excluida Austria. Prusia pasó a controlar la nueva confederación y decidió anexionarse los ducados de Schleswig y Holstein. Fuera de la confederación quedaron algunos reinos importantes del sur, como Baviera, pero con los que Prusia estableció acuerdos secretos.

La última guerra y sus consecuencias provocaron un evidente malestar en muchos estados alemanes y en Europa. Napoleón III pidió compensaciones territoriales, sin éxito, y después amenazó a Prusia. Pero las amenazas francesas fueron utilizadas por Bismarck para atraerse a los estados alemanes hostiles y a la opinión pública nacionalista para desarrollar una guerra contra Francia, que quedaría como agresora. El conflicto (1870-71) terminó con la derrota francesa (Batalla de Sedán): Napoleón III perdió el trono, estalló la Comuna de París y supuso un duro revés para Francia, ya que por el Tratado de Francfort (1871), Francia cedió Alsacia y Lorena y tuvo que pagar, además, una fuerte indemnización. Esta pérdida de territorio se vivió en Francia como una humillación y alimentó el revanchismo galo contra los alemanes hasta la primera guerra mundial.

El rey de Prusia, Guillermo I, es nombrado káiser (emperador) en Versalles. Nació, de ese modo, el Imperio Alemán, que incluía la Confederación del Norte y los estados del sur, pero excluía a Austria.

sábado, 7 de julio de 2012

La unificación italiana


La situación de Italia


Después del Congreso de Viena Italia era realmente, una “expresión geográfica” dividida en multitud de estados:

a)Norte: Reino del Piamonte-Cerdeña (Casa de Saboya) y los dominios austriacos de la Lombardía (Milán) y Véneto (Venecia).

b)Centro: pequeños estados controlados por los austriacos –Parma, Módena, Toscana-, y los Estados Pontificios bajo la soberanía del Papa de Roma.

c)Sur: Reino de Nápoles o de las Dos Sicilias (Casa de Borbón).


La vía revolucionaria (1815-1849)

Tras la dominación napoleónica y la reorganización del mapa italiano como resultado de las resoluciones del Congreso de Viena surgió en algunos sectores intelectuales y políticos italianos el deseo de crear un estado único. Es el momento en el que surge el Risorgimento, un movimiento intelectual que sueña con la unidad de Italia, con ambiciones económicas, lideradas por los comerciantes e industriales piamonteses que desean un mercado mayor y único, y unos proyectos políticos diversos, ya que para algunos la unidad debía realizarse bajo la autoridad del Papa (Gioberti), otros bajo el rey del Piamonte (Cavour) y, finalmente, otros defenderían la república (Mazzini).

Las revoluciones de 1820, 1830 y 1848 fueron ensayos para poner en marcha la unidad pero fracasaron. En el 48 comenzó a calar en algunos sectores populares la idea nacionalista al enfrentarse al Imperio austriaco, enemigo común de liberales y nacionalistas. El doble fracaso del movimiento liberal y nacionalista en el norte por la intervención austriaca contra los levantamientos milanés y veneciano con el apoyo del Piamonte, y en el centro con la intervención francesa contra la república romana, obligó a replantearse la estrategia a seguir.


La vía de la guerra (1849-1870)

En este período clave para la unificación italiana destacará la figura de Camilo Benso , conde de Cavour, liberal moderado al frente del gobierno del Piamonte, que convierte a este estado en un régimen político liberal y al rey Víctor Manuel II en el candidato para liderar la lucha contra los austriacos. Cavour desarrolla una intensa actividad diplomática y consigue atraer a Napoleón III para que apoye su proyecto a cambio de recibir Saboya y Niza. El Piamonte y Francia entrarán en guerra contra el Imperio austríaco en 1859 y le arrebatan Lombardía (Milán), pero Napoleón decide retirarse y fuerza un pacto con Austria. Posteriormente, el Piamonte consigue hacerse con los estados de Parma, Módena y Toscana.

Mientras tanto, en el sur se están produciendo una serie de acontecimientos muy importantes. Garibaldi, un guerrillero republicano, héroe del 48, con un ejército de voluntarios, los “camisas rojas”, desembarca en Sicilia y Nápoles y derrota a los Borbones, con el apoyo de los campesinos sublevados. Garibaldi tenía un proyecto de unidad muy distinto al defendido desde el Piamonte. Defendía una república con alto contenido social pero, al final, cedió ante Víctor Manuel y Cavour, porque primó más en su ánimo el deseo de unidad. Así pues, cedió el poder al rey del Piamonte.

El nuevo reino situó su capital en Florencia y aprovechó otros conflictos internacionales para completar la unificación. En 1866, valiéndose de la derrota de Austria frente a Prusia ocupó Venecia; y en 1870, con la derrota de Francia frente a Prusia, ocupó Roma, donde se instaló definitivamente la capital de Italia.


El nuevo estado: los problemas

El nuevo estado italiano adoptó el sistema político liberal piamontés, una monarquía constitucional. Además, se unificó la administración. El sistema electoral era censitario y muy restringido hasta 1913. Los sucesivos gobiernos, generalmente, en una posición de centro liberal, se emplearon en políticas centralizadoras y de creación de una unidad real sobre la diversidad que suponía la larga historia dividida de los italianos.

Los principales problemas del nuevo estado y que se mantuvieron hasta la Primera Guerra Mundial fueron los siguientes:

a)La integración del sur atrasado. Frente a un norte desarrollado y que había tenido su propia revolución industrial, el sur italiano era agrícola y estaba muy atrasado y no se industrializó. En su seno nacieron sociedades secretas delictivas como la Camorra napolitana y la Mafia siciliana.

b)La integración de los católicos en el nuevo estado. Fue un problema importante porque el Papa no reconoció el estado italiano y se consideró un prisionero en Roma, una vez que los Estados Pontificios habían desaparecido.

c)El desarrollo de una política imperialista en África y que fracasó. Italia intentó incorporarse a la carrera colonial occidental pero sufrió serios reveses en Abisinia (Etiopía).

d)Las reivindicaciones territoriales insatisfechas en Europa. Italia reclamaba el Tirol meridional y Trieste, en manos austriacas, al considerar que eran territorios de habla italiana. Son los conocidos como territorios “irredentos” o no rescatados del poder extranjero.

e)El desarrollo de un potente movimiento obrero en dos grandes sectores: el anarquismo y el socialismo revolucionario, y que tenían en común su negativa a colaborar con las instituciones.

viernes, 6 de julio de 2012

El nacionalismo


Concepto de nación

El concepto de nación como comunidad política con derecho a contar con un estado organizado es una de las herencias ideológicas de la Revolución francesa. Anteriormente, existía la lealtad personal de los súbditos al monarca absoluto pero, después de la Revolución esta vieja lealtad se sustituyó por otra, la lealtad legal de los ciudadanos a una Constitución. Los individuos debían pertenecer a una comunidad y compartir con otros una cultura, lengua y costumbres para poder ejercer los derechos políticos propios de todo ciudadano.

Los liberales intentaron sustituir los viejos estados absolutos de súbditos por estados nacionales, formados por hombres libres, por ciudadanos. En la época de las guerras napoleónicas las ideas del nacionalismo comenzaron a extenderse por Europa. La oposición a la ocupación francesa y a los sistemas políticos que Napoleón impuso, impulsó que diversos pueblos y países se enfrentasen al ejército napoleónico buscando su propio camino para constituirse en estados. El Congreso de Viena y el sistema de la Restauración no respetaron los intereses de muchos pueblos europeos cuando se rediseñó el mapa de Europa, provocando que el nacionalismo se convirtiera en una fuerza opositora a este sistema de la misma importancia que el liberalismo.

El nacionalismo

El nacionalismo del siglo XIX fue un fenómeno político y social complejo, ya que tuvo dos vertientes: una progresista, más vinculada con el liberalismo, y otra tradicionalista, de raíces conservadoras.

El nacionalismo progresista defendía el derecho de los pueblos a liberarse de tiranías extranjeras y la necesidad de la solidaridad de unos pueblos con otros en sus respectivas liberaciones nacionales. Para este nacionalismo cualquier comunidad podía convertirse en una nación si así lo deseaba y buscar los medios para emanciparse y formar un Estado o unirse a otro ya existente con el objetivo de crear uno nuevo. De esa misma forma, cualquier persona podría cambiar de nacionalidad con sólo desearlo. Por eso se trata de un nacionalismo basado en la voluntad, ya sea de una comunidad o de un individuo. Este nacionalismo fue seguido, principalmente por los liberales demócratas franceses e italianos, destacando la figura de Giuseppe Mazzini.

El nacionalismo tradicional o conservador consideraba que las naciones no se basaban en la decisión o la voluntad de los pueblos o de los individuos, sino que existían previamente como realidades objetivas ineludibles. Esas naciones tendrían rasgos geográficos, culturales, lingüísticos y hasta étnicos propios diferentes a los de otras naciones. Esos rasgos acompañarían a las personas estuviesen donde estuviesen. Una comunidad constituía una nación cuando la historia, la tradición, la cultura y la lengua así lo determinaban. Todo el que perteneciera a esa comunidad pertenecería, asimismo, a la nación y debía compartir esos rasgos nacionales, ya fuera de grado o por la fuerza. No era una cuestión de voluntad como en el liberalismo progresista. El liberalismo conservador tuvo mucha importancia en Alemania, destacando la figura de Fichte.

Por otro lado, hubo también dos modelos de nacionalismo:

a)Nacionalismo unitario, que pretendía reunir en un único estado pueblos separados pero con una nacionalidad común. Serían los casos del nacionalismo alemán y del italiano.

b)Nacionalismo disgregador o separatista, que buscaba la fragmentación de imperios o estados para formar unidades políticas o nuevos estados con sus propias naciones. Fue el caso de Hungría en relación con el Imperio austriaco, o de los pueblos balcánicos en relación con el Imperio otomano o el Imperio austriaco.


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Al igual que en el anterior artículo sobre el liberalismo, el nacionalismo ha sido profusamente tratado en este blog. Este nuevo artículo pretende enriquecer la cuestión

jueves, 5 de julio de 2012

Las revoluciones liberales: 1820, 1830 y 1848


Introducción

El Congreso de Viena y la época de la Restauración intentaron acabar con las transformaciones de la Revolución francesa y del Imperio napoleónico, pero, la realidad económica, social y política estaba impregnada del ideario liberal y del naciente nacionalismo de los pueblos oprimidos, además de que se extendía con fuerza una corriente cultural nueva, el romanticismo. Así pues, liberalismo, nacionalismo y romanticismo serían los grandes enemigos del orden impuesto en 1815.


Las oleadas revolucionarias entre 1820 y 1848

Entre 1815 y 1848 se produjeron tres grandes oleadas revolucionarias en Europa. La primera de ellas se dio entre 1820 y 1824, con protagonismo en el Mediterráneo. Entre 1830 y 1834 de produjo otro ciclo revolucionario, destacando la revolución en Francia de 1830 y la de que desencadenó la independencia de Grecia. Por fin, llegarían las revoluciones de 1847-1848, que tuvieron un mayor componente social y nacionalista que las anteriores.

Las tres oleadas revolucionarias estuvieron inspiradas en los principios de la Revolución francesa, considerada como modelo. Estas revoluciones se oponían al sistema de la Restauración y a las monarquías absolutas.

Las revoluciones de 1820

Estas revoluciones se centraron en el área mediterránea europea: España, Nápoles y Grecia. En los dos primeros países se impusieron monarquías constitucionales (Trienio Liberal español) pero fracasaron, en gran medida, por la intervención de las monarquías absolutas.

El caso de Grecia es particular. Los griegos se sublevan contra el Imperio turco apoyados por Gran Bretaña. Se produce una larga guerra civil de diez años y, por fin, en 1829, Grecia obtiene la independencia. Esta guerra tuvo un amplio eco en toda Europa y concitó el apoyo de muchos románticos e intelectuales, destacando Lord Byron que allí perdió la vida.

En estas revoluciones tuvieron mucha importancia las sociedades secretas, conectadas internacionalmente y entre los oficiales del ejército, dedicadas a conspirar y organizar revoluciones. Una de las sociedades más activas sería la de los carbonarios, sociedad secreta italiana partidaria de la unificación nacional que luchó contra diversos gobiernos de los estados italianos. Las revoluciones de 1820 no fueron movimientos de masas, a excepción del caso griego.

Las revoluciones de 1830

Las revoluciones en torno a 1830 fueron más profundas y de extensión, mayores que las anteriores. Afectaron a casi toda Europa.

En Francia los Borbones son derrocados en la revolución de julio de 1830 y sube al trono Luis Felipe de Orleáns, iniciándose un sistema político liberal de monarquía constitucional. Bélgica se independiza de Holanda, estableciendo una monarquía liberal y es reconocida por Francia y Gran Bretaña. En España y Portugal, a principios de esa década, se instauran monarquías constitucionales pero se inicia un largo e intenso período de guerras civiles con los absolutistas (las guerras carlistas españolas).

En Europa central y oriental las revoluciones no tienen tanto éxito. Las revoluciones que estallan en diversos estados italianos son duramente aplastadas por los austriacos. En algunos estados alemanes se aprueban constituciones pero muy pronto son derogadas por la presión de Metternich. En Polonia se proclama la independencia pero la rebelión es aplastada por los rusos.

A diferencia de las revoluciones de 1820, en las de 1830 tuvo gran influencia el fuerte descontento social y económico de las clases populares. El protagonismo en las revoluciones ya no fue de las sociedades secretas y de los conspiradores sino fruto de verdaderos movimientos de masas. Más allá de las peticiones de los liberales más moderados, surgió un movimiento democrático y republicano más radical, demostrando la división que estaba surgiendo en el seno del liberalismo. Ese movimiento no tardaría en enfrentarse, por ejemplo, a la nueva monarquía constitucional francesa, basada en los principios del liberalismo moderado: sufragio censitario y control del sistema por la alta burguesía.

Las revoluciones de 1848: “la primavera de los pueblos”

Fue la última de las tres grandes oleadas revolucionarias del siglo XIX. Compartía con las anteriores su inspiración en los principios de la Revolución francesa, pero fue más importante en extensión y dimensiones, más radical, con mayor base social, con fuertes componentes nacionalistas en algunos lugares.

Las revoluciones en torno a 1848 tuvieron un gran éxito inicial y simultáneo en Francia, gran parte de Italia, Suiza, los estados alemanes, el Imperio austriaco y Prusia. Nunca ninguna revolución estuvo más cerca de ser considerada una “revolución mundial”. Pero, también, su fracaso fue muy rápido en gran parte de los lugares.

Las revoluciones de 1848 pueden ser calificadas de democráticas y tuvieron, como hemos señalado, un fuerte contenido social. En los años anteriores a 1848, Europa sufrió una fuerte crisis agraria e industrial, que generó hambre y descontento entre los trabajadores. En el 48, las grandes ciudades europeas como París, Berlín, Viena, Praga, Milán, Roma o Budapest se llenaron de barricadas levantadas por trabajadores urbanos pobres, los grandes protagonistas de las revoluciones, que reclamaban derechos y libertades radicales: sufragio universal masculino, repúblicas democráticas y sociales, asistencia a los más necesitados y desempleados, derecho al trabajo y a la libre sindicación. Estas reivindicaciones atemorizaron a los liberales moderados que, muy pronto, abandonaron las revoluciones, y contribuyeron a la represión pactando con los sectores más conservadores de la sociedad. Por otro lado, las revoluciones de 1848 fueron más urbanas que rurales; los campesinos se mantuvieron indiferentes y hasta hostiles.

La revolución de febrero de 1848 en Francia

La revolución que mejor ejemplifica la oleada de 1848 fue, sin lugar a dudas, la francesa. París fue el gran escenario revolucionario, lleno de barricadas y clave para el derrocamiento de Luis Felipe de Orleáns. Se proclamó la Segunda República y se formó un gobierno provisional, en el que estuvo presente un socialista, Luis Blanc. El gobierno tuvo como uno de sus principales objetivos el de dar trabajo y un subsidio a los parados a través del sistema de los “talleres nacionales”. Además, fijó la jornada laboral máxima en 10 horas. Pero los electores dieron la espalda a la izquierda en las elecciones de abril gracias a los votos del campo francés que fueron hacia los candidatos moderados, temerosos de lo que consideraban extremismo de la capital. Nació una república conservadora que abolió todas las medidas sociales anteriores y aplastó la rebelión de los obreros parisinos en junio. En diciembre de 1848 fue elegido como presidente Luis Napoleón Bonaparte, sobrino del emperador, que a los tres años liquidaría la república y establecería el Segundo Imperio.

El componente nacionalista de las revoluciones de 1848

La importancia del nacionalismo en las revoluciones de 1848 fue mucho mayor que en las anteriores oleadas revolucionarias:

-En el Imperio austriaco, además de provocar la caída de Metternich y aprobarse medidas liberales, como el fin de la servidumbre en todo el imperio, los húngaros lograron un parlamento y una constitución propios; y los checos obtuvieron algunas concesiones tras la sublevación de Praga.

-En Italia, se rebelaron Milán y Venecia contra los austriacos y pidieron ayuda al reino del Piamonte, cuyo rey deseaba engrandecer su estado. En Roma, el nacionalista y demócrata Mazzini con sus partidarios derrocaron al Papa e impusieron la república en 1849.

-En la Confederación Germánica, los liberales de varios estados se reunieron y convocaron un parlamento alemán en Francfort, elegido por sufragio universal. En esta asamblea se dedicaron a redactar una constitución nacional.

Pero, a partir del verano de 1848 comenzó la represión y contención de los movimientos revolucionarios. El gobierno austriaco anuló muchas concesiones liberales menos la relativa al final de la servidumbre, y su ejército reprimió duramente los movimientos revolucionarios en Viena, Praga, Budapest, Milán y Venecia. Por su parte, el Parlamento de Francfort se disolvió. En Hungria, el ejército austriaco encontró mayor resistencia y necesitó el apoyo ruso. En Italia tuvo que enfrentarse al ejército piamontés. Roma regresó a su sistema político anterior gracias al apoyo del gobierno francés, que quería intervenir en Italia para contrarrestar la influencia austriaca en la península.

Consecuencias de las revoluciones de 1848

A pesar del fracaso, hay una serie de consecuencias destacables de las revoluciones de 1848:

a)Abandono del sistema internacional de 1815 y sucesión de conflictos entre las potencias europeas hasta 1878.

b)Aparición de un nacionalismo insatisfecho y, con el tiempo, muy potente, en Alemania, Italia, Hungría y Bohemia.

c)Triunfo de los liberales moderados en muchos estados, pactando con algunas fuerzas del Antiguo Régimen. La burguesía pacta y se hace conservadora.

d)Los obreros urbanos, conscientes de su derrota, falta de preparación y de apoyos, comenzaron a organizarse políticamente de forma autónoma y a tomar conciencia de su situación.

miércoles, 4 de julio de 2012

El liberalismo político. Otra aportación


El liberalismo del siglo XIX es heredero directo de la Ilustración, de los fisiócratas y está estrechamente relacionado con el liberalismo económico de Adam Smith. El liberalismo concebía a la sociedad como un conjunto de individuos iguales ante la ley que competían entre sí con el objetivo de satisfacer sus necesidades. La suma de las satisfacciones individuales proporcionaría la satisfacción colectiva. Los individuos poseían derechos naturales que el Estado debía reconocer y garantizar: la vida, la libertad individual, la igualdad ante la ley, la seguridad, la libertad económica y la propiedad privada.


Los liberales defendían lo siguiente:


a)Ámbito económico: la libertad económica en todos sus ámbitos, es decir, el “laissez-faire”. El mercado era la institución que, con sus leyes, no intervenidas por el estado, regularía las relaciones económicas.


b)Ámbito social: el enriquecimiento personal y la división social en función de dicho enriquecimiento, por lo que conectaban con los intereses de la burguesía frente a los estamentos privilegiados, considerados como una rémora para el progreso y del desarrollo, pero, también frente a los trabajadores por su temor a las revueltas sociales y a sus reivindicaciones.


c)Ámbito político: un sistema que representase los intereses individuales, es decir, votado por los ciudadanos, ya fuera a través del sufragio censitario (propietarios), en la versión del liberalismo más moderada, ya a través del universal, defendido por los liberales más progresistas o avanzados. Ese sistema debía, además, sustentarse en la división de poderes para evitar el absolutismo.


El liberalismo político fue una ideología revolucionaria frente al Antiguo Régimen y la monarquía absoluta pero, a medida que fue consiguiendo destruir el viejo orden en la primera mitad del siglo XIX, se fue haciendo cada vez más moderada. Las experiencias de las revoluciones y el creciente descontento popular provocaron un intenso temor a las revueltas y la posible pérdida de poder frente a los que nada poseían. Otro factor que explica esta moderación del liberalismo tiene que ver con la resistencia de los estamentos antiguos hacia los cambios y que obligó a los liberales a pactar con ellos, especialmente, con la nobleza, para conseguir estabilizar los nuevos regímenes, a través de compromisos que integrasen a sus miembros en el sistema.


El liberalismo más moderado es conocido con el nombre de liberalismo doctrinario. Sus principales defensores fueron Benjamin Constant en Francia, y Donoso Cortés en España, entre otros autores. Defendían la soberanía compartida entre el monarca y el parlamento, por lo que los reyes debían intervenir en el poder ejecutivo, nombrado los gobiernos y en el legislativo controlando sus medidas potencialmente radicales y nombrando a algunos de sus miembros. El legislativo debía ser bicameral, de modo que la cámara alta –cuyos miembros serían elegidos por el rey y/ con miembros por derecho propio- moderase a la cámara baja, cuyos miembros sí eran elegidos. Pero solamente podrían elegir y ser elegidos los denominados ciudadanos activos, es decir, aquellos con riqueza y cultura (sufragio censitario). Este liberalismo se oponía a la democracia, a la participación del pueblo en el sistema político porque consideraba que era un peligro para la estabilidad del sistema por considerarlo ignorante y porque impondrían sus reivindicaciones de signo igualitario en lo económico y social.


Frente a este liberalismo se situaba otro más progresista o democrático, que propugnaba la soberanía popular, la democracia y el sufragio universal masculino.


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En este blog ya hemos tratado en varios artículos sobre el liberalismo político. Esta es otra aportación para enriquecer nuestro conocimiento sobre esta ideología tan importante en la historia.

martes, 3 de julio de 2012

Pedro Gallego Sánchez-Gil


Pedro Gallego Sánchez-Gil nació en Manzanares (Ciudad Real) en 1890 o 1891. Era tejero. Perteneció a la UGT, asistiendo al Congreso Extraordinario del sindicato, celebrado en 1927, como delegado de la Sociedad de Oficios Varios de Manzanares. También perteneció a la Agrupación Socialista de dicha localidad y representó a los socialistas de Manzanares en tres Congresos del PSOE (1927, 1931 y 1932).

Pedro Gallego proclamó la República en Manzanares desde el balcón del Ayuntamiento el 14 de abril de 1931. Fue concejal y teniente de alcalde desde abril de 1931 hasta el final de la guerra civil en 1939. También fue diputado provincial entre 1931 y 1936. Presidió la Agrupación Socialista de Manzanares en diversas ocasiones.

Nuestro protagonista fue, sin lugar a dudas, un socialista muy destacado en la provincia de Ciudad Real, perteneciendo al sector de Largo Caballero. Fue expulsado del partido por indisciplina el 21 de julio de 1936, aunque se reincorporaría al mismo unos días después.

Pedro Gallego fue fusilado el 15 de junio de 1939.


Ver.



La guerra civil en Castilla-La Mancha, 70 años después: actas del Congreso ...

Escrito por Francisco Alía Miranda,Ángel Ramón del Valle Calzado,Olga M. Morales Encinas



De la dictadura a la II República: el comportamiento electoral en Castilla ...Escrito por Manuel Requena Gallego



Manzanares bajo el reinado de Alfonso XIII (1902-1931)

Antonio Bermúdez:

Estanislao Gallego Medina


Estanislao Gallego Medina nació en Villahermosa (Ciudad Real) en el año 1884. Era jornalero y fue el fundador y presidente de la Mesa de discusión de la Agrupación Socialista de Villahermosa, en el año 1932. Al terminar la guerra fue detenido, acusado, al parecer, del asesinato de un vecino del pueblo y encerrado en el calabozo de Villahermosa. Después, ingresó en la prisión de Villanueva de los Infantes en agosto de 1940, aunque luego sería trasladado a la prisión central de Ciudad Real. Finalmente, recaló en la prisión central de Hellín, donde fallecería el 17 de octubre de 1942.


Ver:


lunes, 2 de julio de 2012

Antonio Fernández


Antonio Fernández fue miembro de la UGT y de la Agrupación Socialista de Fernáncaballero, localidad de la provincia de Ciudad Real. También fue alcalde de dicha localidad. Al terminar la guerra civil fue detenido en Alicante. Estuvo internado en el campo de Albatera para ser, posteriormente, fusilado.


Ver:



domingo, 1 de julio de 2012