Mostrando entradas con la etiqueta josé antonio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta josé antonio. Mostrar todas las entradas

viernes, 30 de septiembre de 2011

Agustín de Foxá

«Soy aristócrata, soy conde, soy rico, soy embajador, soy gordo, ¿y todavía me preguntan por qué soy de derechas?».

Agustín de Foxá nació en Madrid en 1903. Era conde de Foxá y marqués de Armendáriz. Sin lugar a dudas, fue el escritor más destacado del falangismo, además de periodista y diplomático de carrera. Estuvo muy vinculado a José Antonio Primo de Rivera y participó en la redacción del himno falangista “Cara al Sol” de tanta significación política e ideológica en la historia contemporánea española. El golpe del 18 de julio de 1936 le sorprendió en Madrid donde había recibido un homenaje porque se le había destinado como cónsul en Bombay, y donde tuvo serios problemas. Al final, el gobierno le destinó como secretario de Embajada en Bucarest. Allí entabló un doble juego, terminado por incorporarse de forma clara al bando franquista. Después de la guerra civil, continuó su carrera diplomática en Roma, destino complicado en su carrera diplomática, Helsinki, Buenos Aires, La Habana y Manila. Viajó por Hispanoamérica en una Misión poética organizada por el gobierno, junto con Rosales, Panero y Zubiarre donde dictó muchas conferencias, encontrando en muchos lugares la oposición y el boicot de republicanos españoles exiliados.
Escribió en las revistas falangistas “Jerarquía” y “Vértice”. Dirigió la publicación bilingüe en español e italiano “Legiones y Falanges”. Su trayectoria literaria se inició en la poesía con el libro El toro, la muerte y el agua (1933), en el que se muestra seguidor de un modernismo tardío. Más tarde publicó La niña del caracol (1933), obra en la que retoma las formas de la poesía popular. Otras obras suyas son: dos volúmenes de versos, El almendro y la espada (1940), y El gallo y la muerte (1948), así como diversas obras de teatro. Pero su obra más destacada fue la novela Madrid, de corte a cheka (1938), escrita en plena contienda. Concebida como el primero de una serie de episodios nacionales que no continuó, es fruto de su militancia política falangista. En la obra se recrean los últimos tiempos de la monarquía, los años de gobierno republicano y el período previo al golpe del 18 de julio de 1936. La novela empieza con una trifulca en el Ateneo de Madrid, en vísperas de las elecciones municipales de abril de 1931, y concluye cuando el protagonista, el falangista José Félix, y su novia, Pilar, consiguen escapar del Madrid republicano.
Como periodista, colaboró en ABC y diversas revistas literarias de los años treinta. En 1948, recibió el premio “Mariano de Cavia”. Fue elegido para ocupar un sillón en la Real Academia Española, aunque murió en 1959 antes de tomar posesión.

viernes, 29 de octubre de 2010

Discurso de José Antonio en el acto fundacional de la Falange

“El movimiento de hoy, que no es de partido, sino que es un movimiento, casi podríamos decir un antipartido, sépase, desde ahora, no es de derechas ni de izquierdas.
Porque en el fondo la derecha es la aspiración a mantener una organización económica aunque sea injusta, y la izquierda es en el fondo el deseo de subvertir una organización económica, aunque al subvertirla se arrastren muchas cosas buenas. Luego, esto se decora en unos y otros con una serie de consideraciones espirituales. Sepan todos los que nos escuchan de buena fe que esas consideraciones espirituales caben todas en nuestro movimiento; pero que nuestro movimiento por nada atará sus destinos al interés de grupo o al interés de clase que anida bajo la división superficial en derechas e izquierdas.
La patria es una unidad total en que se integran todos los individuos y todas las clases; la Patria no puede estar en manos de la clase más fuerte ni del partido mejor organizado. La Patria es una síntesis trascendente, una síntesis indivisible, con fines propios que cumplir; y nosotros lo que queremos es que el movimiento de este día y el Estado que cree, sea el instrumento eficaz, autoritario, al servicio de una unidad indiscutible, de esa unidad permanente, de esa unidad irrevocable que se llama Patria.
[…]
He aquí lo que exige nuestro sentido total de la Patria y del Estado que ha de servirla:
Que todos los pueblos de España, por diversos que sean, se sientan armonizados en una irrevocable unidad de destino.
Que desaparezcan los partidos políticos. Nadie ha nacido nunca miembro de un partido político; en cambio, nacemos todos miembros de una familia; somos todos vecinos de un Municipio; nos afanamos todos en el ejercicio de un trabajo. Pues si esas son nuestras unidades naturales, si la familia y el Municipio y la corporación es en lo que de veras vivimos, ¿para qué necesitamos del instrumento intermediario y pernicioso de los partidos políticos que para unirnos en grupos artificiales empiezan por desunirnos en nuestras realidades auténticas?
Queremos menos palabrería liberal y más respeto a la libertad profunda del hombre. Porque sólo se respeta la libertad del hombre cuando se le estima, como nosotros le estimamos, portador de valores eternos; cuando se le estima envoltura corporal de un alma que es capaz de salvarse y de condenarse. Sólo cuando al hombre se le considera así, se puede decir que se respeta de veras su libertad, y más todavía si esa libertad se conjuga, como nosotros pretendemos, en un sistema de autoridad, de jerarquía y de orden.
Queremos que todos se sientan miembros de una comunidad seria y completa; es decir, que las funciones que realizar son muchas: unos, con el trabajo manual; otros, con el trabajo del espíritu; algunos, con un magisterio de costumbres y de refinamientos.
Pero que en una comunidad tal como la que nosotros apetecemos, sépase desde ahora, no debe haber convidados ni debe haber zánganos.
Queremos que no se canten derechos individuales de los que no pueden cumplirse nunca en casa de los famélicos, sino que se dé a todo hombre, a todo miembro de la comunidad política, por el hecho de serlo, la manera de ganarse con su trabajo una vida humana, justa y digna.
Queremos que el espíritu religioso, clave de los mejores arcos de nuestra Historia, sea respetado y amparado como merece, sin que por eso el Estado se inmiscuya en funciones que no le son propias, ni comparta –como lo hacía tal vez por otros intereses que los de la verdadera religión – funciones que sí le corresponde realizar por sí mismo.
Queremos que España recobre resueltamente el sentido universal de su cultura y de su historia.
Y queremos, por último, que si esto ha de lograrse en algún caso por la violencia, no nos detengamos ante la violencia. Porque ¿quién ha dicho –al hablar de «todo, menos la violencia»– que la suprema jerarquía de los valores morales reside en la amabilidad? ¿Quién ha dicho que cuando insultan nuestros sentimientos, antes que reaccionar como hombres, estamos obligados a ser amables? Bien está, sí, la dialéctica como primer instrumento de comunicación. Pero no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y de las pistolas, cuando se ofende a la justicia o a la Patria.”
[…]
José Antonio Primo de Rivera( 29 de octubre de 1933)

lunes, 14 de junio de 2010

La Cruzada

La acción del franquismo en la guerra civil española (el franquismo nunca consideró la guerra civil como tal) fue considerada como una cruzada. El concepto de cruzada es histórico y se refiere, como bien sabemos, a la guerra o expedición militar contra los musulmanes en la Edad Media, y en relación con la Tierra Santa, aunque, también se aplicó en los conflictos en la península Ibérica. El golpe de estado y la guerra fueron bautizados como una cruzada contra el marxismo, el anarquismo, los masones, los impíos, los liberales, los tibios, los malos españoles, y los extranjeros que apoyaban la causa republicana. Franco usó la expresión "cruzada nacional" a los tres días del golpe de julio de 1936. La Iglesia empleó el término con profusión, introduciendo, de esa manera, la cuestión religiosa en el conflicto, ya que la guerra era, también contra los enemigos del catolicismo. La guerra como cruzada fue defendida por el obispo de Pamplona el 23 de agosto del 36. En la Carta Pastoral del obispo Pla y Deniel, y que lleva por título "Las dos ciudades", de 30 de septiembre habla de las dos Españas, desde 1808, de la buena y cristiana y de la mala. La guerra no era tal, sino una cruzada. En la "Carta colectiva" del cardenal Gomá y de otros prelados se habla, también de la cruzada. La Iglesia contribuyó, de esta manera, con energía, a fomentar el maniqueismo de las dos Españas, a considerar a unos como buenos y a otros como malos. No eran momentos para apaciguar ánimos, para entender al contrario, sino de cruzada, de guerra, de fuego, de agitar las banderas y las armas contra el enemigo. La Iglesia española bendijo el golpe, y a un bando, el que consideraba la estrecha unión entre el Estado y la Iglesia. De la victoria franquista sacó inmensos beneficios en lo económico, en lo educativo, en lo político y en lo cultural. Los años posteriores fueron de otra cruzada, la de la recatolización del país.
El antecedente más claro del concepto los tenemos en José Antonio y en sus "Puntos iniciales" de la Falange, ya que hablaba de una cruzada para hacer resurgir a España.