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domingo, 16 de junio de 2013

Bibliografía sobre el protestantismo español en la época contemporánea

Para completar el conocimiento del protestantismo español se incluye una bibliografía básica:
Semblanzas: : (relatos anecdóticos de protestantes españoles en los años 1917 a 1936
Francisco García Navarro
Editorial Clie, 1982. ISBN 84-7228-670-3
Tesis doctoral dirigida por Andrés Amorós Guardiola. Universidad Complutense de Madrid (1991).
Inquisición, protestantes y Felipe II en 1851: Adolfo de Castro y la historia nacional como leyenda negra
Cuadernos de Ilustración y Romanticismo: Revista del Grupo de Estudios del siglo XVIII, ISSN 1132-8304, Nº 13, 2005 (Ejemplar dedicado a: La inquisición y sus ecos), pags. 171-199.
La masonería española y la crisis colonial del 98 / coord. por José Antonio Ferrer Benimeli, Vol. 2, 1999, ISBN 84-930391-0-1, pags. 947-961

Tensiones en el espacio religioso: masones, liberales y protestantes en la obra de Mariano Soler (1884-1902)
Enrique D. Dussel
Protestantes, liberales y francmasones : sociedades de ideas y modernidad en América Latina, siglo XIX / coord. por Jean-Pierre Bastian, 1990, ISBN 968-16-3550-7, pags. 24-38
La persecución religiosa en la zona nacionalista: el caso de los protestantes españoles
Las minorías protestantes españolas: un acercamiento socio-histórico
Las minorías en una sociedad democrática y pluricultural / Isabel García Rodríguez (ed. lit.), 2001, ISBN 84-8138-481-X, pags. 281-292
Anarquismo y protestantismo: Reflexiones sobre un viejo argumento
Studia historica. Historia contemporánea, ISSN 0213-2087, Nº 16, 1998 (Ejemplar dedicado a: La historia transnacional), pags. 197-220
Historia contemporánea, ISSN 1130-2402, Nº 13-14, 1996 (Ejemplar dedicado a: A vueltas con el sujeto), pag. 413
Los protestantes españoles: la doble lucha por la libertad durante el primer franquismo (1939-1953)
Anales de Historia Contemporánea, ISSN 0212-6559, Nº. 17, 2001 (Ejemplar dedicado a: Las minorías religiosas en España y Portugal: pasado y presente), pags. 253-300
Anales de Historia Contemporánea, ISSN 0212-6559, Nº. 17, 2001 (Ejemplar dedicado a: Las minorías religiosas en España y Portugal: pasado y presente), pags. 301-324
El miedo a la libertad religiosa: autoridades franquistas, católicos y protestantes ante la Ley de 28 de junio de 1967
Anales de Historia Contemporánea, ISSN 0212-6559, Nº. 17, 2001 (Ejemplar dedicado a: Las minorías religiosas en España y Portugal: pasado y presente), pags. 351-364
Pasado y memoria: Revista de historia contemporánea, ISSN 1579-3311, Nº. 1, 2002 (Ejemplar dedicado a: Instituciones y sociedad en el franquismo), pags. 111-130
Creencias protestantes, estrategias gitanas: el evangelismo de las iglesias de Filadelfia en el Sur de España
Historia 16, ISSN 0210-6353, Nº 138, 1987, pags. 11-18
Anales de Historia Contemporánea, ISSN 0212-6559, Nº. 21, 2005 (Ejemplar dedicado a: Migraciones e interculturalidad en España y Región de Murcia), pags. 409-426
Cuenta y razón, ISSN 0211-1381, Nº 21, 1985, pags. 213-230
El palimpsesto unamuniano: sobre "Unamuno y los protestantes liberales", de Nelson Orringer
Saber leer, ISSN 0213-6449, Nº. 3, 1987, pags. 4-5
Azpilcueta: cuadernos de derecho, ISSN 1138-8552, Nº. 9, 1995, pags. 195-205
Scriptorium victoriense, ISSN 0559-2186, Vol. 24, Nº. 1, 1977, pags. 65-100
Demófilo: Revista de cultura tradicional, ISSN 1133-8032, Nº 30, 1999 (Ejemplar dedicado a: Los gitanos andaluces / coord. por Juan F. Gamella), pags. 183-206

Acuerdos del estado español con los judíos, musulmanes y protestantes
Universidad Pontificia de Salamanca, 1994. ISBN 84-7299-319-1

Nuestras raíces: pioneros del protestantismo en la España del siglo XIX
Rafael Arencón Edo
Barcelona : Recursos, 2000. ISBN 84-89984-02-6
S.l. : G. Fernández, 1984 (Sevilla : Cop. Kronos. ISBN 84-398-1369-4
Unamuno y los Protestantes liberales (1912): sobre las fuentes de "Del sentimiento trágico de la vida"
Editorial Gredos, 1985. ISBN 84-249-0987-9
Editorial Clie, 1993. ISBN 84-7645-684-0
Universidad Complutense, 2001. ISBN 84-8466-369-8
Valentín Cueva Barrientos
Editorial Clie, 1997. ISBN 84-7645-986-6
Cánovas y su época / coord. por Luis Eugenio Togores Sánchez, Alfonso Bullón de Mendoza Gómez de Valugera, Vol. 1, 1999, ISBN 84-88306-56-3, pags. 649-666
La formación de una biblioteca de libros prohibidos en la España isabelina: "Luis Usoz y Río, importador clandestino de libros protestantes (1841-1850)"
Bulletin hispanique, ISSN 0007-4640, Vol. 96, Nº 2, 1994 (Ejemplar dedicado a: Bernard Barrère), pags. 397-416
Revista española de pedagogía, ISSN 0034-9461, Vol. 60, Nº 222, 2002 (Ejemplar dedicado a: Enseñanza escolar y libertad de religión), pags. 241-262
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Esta bibliografía se ha elaborado sobre la información que brinda DIALNET:
http://dialnet.unirioja.es/servlet/busquedadoc?t=protestantes&i=1

viernes, 1 de febrero de 2013

El nacimiento de la política en España (1808-1869)

El nacimiento de la política en España (1909-1869)



  • Presentación:

    Resumen

    Pretende mostrar la creciente importancia de una sociedad más tolerante, menos absolutista que la que quieren dejar atrás los liberales españoles, la del Antiguo Régimen, y como se valen de los instrumentos cotidianos que la vida social les proporciona para conquistar libertades y juicio propio, sin tutelas que reclamen el carácter sagrado de las instituciones periclitadas. La ausencia del rey, símbolo absoluto del poder, impulsará el asociacionismo político y cultural.
    El concepto de soberanía popular y la libertad de opinión estimularán tertulias, cafés, tabernas, academias, ateneos, sociedades patrióticas y prensa liberada de la censura; es el inicio de la política moderna no ligada a la sociedad estamental, no vinculada a la clase aristocrática y clerical. La irrupción de la nueva forma de participar en la política y de los nuevos protagonistas representará un cambio tan trascendente que ya nunca volverán a ser las cosas como antes, a pesar de la vuelta de Fernando el deseado, que intentó suprimir los avances conseguidos.
    Ni el rey ni sus secuaces consiguieron con la represión, la prohibición de los periódicos, el cierre de los cafés, el destierro y el exilio de los liberales, apagar la llama de libertad que pretendió en los españoles.
    Ver:


    jueves, 18 de noviembre de 2010

    Breve aproximación a la Historia del Quebec

    En el anterior artículo estudiamos la "Revolución silenciosa" en el Quebec de la primera mitad de la década de los sesenta, buen pretexto para poder ahora hacer una breve aproximación a la historia del mismo.
    El Quebec fue un territorio colonizado por los franceses que le dieron el nombre de Nueva Francia. Desde el año 1763 estuvo bajo soberanía británica. Londres pemitió que la mayoría francófona conservara su lengua y su cultura propias para no perder su apoyo en la guerra de independencia de los Estados Unidos. El Quebec comenzó una existencia entre dos culturas anglófonas, la propia del Canadá y la del vecino del sur. Un siglo después de la creación de la Confederación del Canadá, en 1867 decidió unirse a los territorios anglófonos porque los habitantes del Quebec comprendieron que era más fácil mantener su lengua y costumbres dentro de esta confederación que a merced de los todopoderosos Estados Unidos.
    Quebec fue durante mucho tiempo un territorio eminentemente agrario. La industrialización no comenzó hasta el siglo XX. Esa es la razón por la que, en la segunda mitad del siglo XIX, medio millón de personas tuvieron que emigrar a los Estados Unidos.
    En cuestiones políticas el Partido Conservador Progresista era el mayoritario pero el Quebec pasó a ser un feudo de los liberales a partir de 1896 cuando Laurier fue nombrado primer ministro de Canadá. Laurier impulsó la modernización de Quebec frente a la tradicional política federal canadiense en favor de Ontario y las provincias del Oeste. Se invirtió en infraestructuras y se impulsó el desarrollo económico. Como se ha indicado en el párrafo anterior, en 1900 comenzó la industrialización de Quebec, muy vinculada al mercado estadounidiense.
    La Gran Depresión provocó una nueva oleada de emigrantes del Quebec hacia otras zonas del Canadá y de los Estados Unidos, lo que demostraba que aún se encontraba muy atrasado en relación con el resto de Canadá. En 1936 la Union Nacional o Union Nationale ganó las elecciones y se mantuvo en el poder hasta 1960, con la única excepción del período de 1939-1944, coincidiendo casi con la Segunda Guerra Mundial.
    El evidente progreso económico de la segunda mitad de los años cuarenta y de los cincuenta no produjo, sin embargo, grandes cambios sociales en Quebec. Estos cambios, como hemos visto en el artículo anterior, se producirán cuando los liberales accedan al poder en la primera mitad de los años sesenta, con la Révolution tranquille. Se impulsó la industrialización, se creó un sistema público de enseñanza, se reconoció la igualdad de la mujer y se nacionalizó la energía. Quebec comenzó a adquirir una conciencia propia, fruto de su progreso económico y social, frente al gobierno federal de Ottawa, y a los propios Estados Unidos. Pero, ahora, el problema ya no venía del sur sino del resto de Canadá, al negarse las autoridades federales a reconocer la singularidad de Quebec.
    En los años setenta se agudizaron las tensiones entre Quebec y el gobierno federal. Después de ganar las elecciones, el Parti Québecois, defensor de la independencia, planteó un referéndum sobre la cuestión de la soberanía pero lo perdió. La mayoría de la población quería mantenerse dentro del Canadá pero preservando su identidad.
    En los años ochenta la cuestión de la soberanía ganó muchos adeptos, porque ni la Constitución federal de 1982 ni los Acuerdos de Meech Lake demostraron, a ojos de los habitantes de Quebec, la suficiente sensibilidad hacia sus quejas y hacia su identidad.
    En el referéndum de 1995 el Bloc Québecois perdió por un estrecho margen pero demostró la importancia de la cuestión de la autodeterminación.

    miércoles, 4 de agosto de 2010

    Anticlericalismo. Tercera Parte

    La llegada del ejército de los Cien Mil Hijos de San Luis terminó con la experiencia del Trienio Liberal y comenzó un nuevo episodio de represión contra los liberales hasta la muerte de Fernando VII. Al iniciarse el período de la Regencia de María Cristina y en plena guerra carlista, gran parte del clero se vincula al carlismo o defiende posturas muy conservadoras. En julio de 1834 se produce una matanza de frailes en Madrid (74 religiosos fueron asesinados), suceso que tiene mucho de motín de subsistencias, aunque no vinculado tanto a la escasez de pan sino a la de agua potable en plena epidemia de cólera. El objetivo de la violencia será el clero, al que se le hace responsable del envenenamiento del agua y de la enfermedad. En aquellos difíciles momentos, desde muchos púlpitos se había explicado que los males que azotaban a la capital eran fruto de la cólera divina en castigo por la deriva política hacia el liberalismo. Entre las clases populares urbanas estaban calando los valores del anticlericalismo. La realidad social era interpretada como resultado de las actividades perniciosas del clero: holgazanería, lujuria, avaricia, engaño y hasta el recurso del asesinato.
    Durante el resto del reinado de Isabel II y en el Sexenio Democrático, la Iglesia sufrirá las fuertes críticas del liberalismo progresista, del demócrata y, posteriormente, del republicanismo, así como una legislación que socava su poder, como las desamortizaciones, la abolición del diezmo, o supresión de órdenes. El acoso de la prensa liberal es evidente hacia la Iglesia, identificada con el absolutismo. El liberalismo moderado, en cambio, será más sensible a la causa eclesiástica.

    lunes, 14 de junio de 2010

    La Cruzada

    La acción del franquismo en la guerra civil española (el franquismo nunca consideró la guerra civil como tal) fue considerada como una cruzada. El concepto de cruzada es histórico y se refiere, como bien sabemos, a la guerra o expedición militar contra los musulmanes en la Edad Media, y en relación con la Tierra Santa, aunque, también se aplicó en los conflictos en la península Ibérica. El golpe de estado y la guerra fueron bautizados como una cruzada contra el marxismo, el anarquismo, los masones, los impíos, los liberales, los tibios, los malos españoles, y los extranjeros que apoyaban la causa republicana. Franco usó la expresión "cruzada nacional" a los tres días del golpe de julio de 1936. La Iglesia empleó el término con profusión, introduciendo, de esa manera, la cuestión religiosa en el conflicto, ya que la guerra era, también contra los enemigos del catolicismo. La guerra como cruzada fue defendida por el obispo de Pamplona el 23 de agosto del 36. En la Carta Pastoral del obispo Pla y Deniel, y que lleva por título "Las dos ciudades", de 30 de septiembre habla de las dos Españas, desde 1808, de la buena y cristiana y de la mala. La guerra no era tal, sino una cruzada. En la "Carta colectiva" del cardenal Gomá y de otros prelados se habla, también de la cruzada. La Iglesia contribuyó, de esta manera, con energía, a fomentar el maniqueismo de las dos Españas, a considerar a unos como buenos y a otros como malos. No eran momentos para apaciguar ánimos, para entender al contrario, sino de cruzada, de guerra, de fuego, de agitar las banderas y las armas contra el enemigo. La Iglesia española bendijo el golpe, y a un bando, el que consideraba la estrecha unión entre el Estado y la Iglesia. De la victoria franquista sacó inmensos beneficios en lo económico, en lo educativo, en lo político y en lo cultural. Los años posteriores fueron de otra cruzada, la de la recatolización del país.
    El antecedente más claro del concepto los tenemos en José Antonio y en sus "Puntos iniciales" de la Falange, ya que hablaba de una cruzada para hacer resurgir a España.

    domingo, 18 de abril de 2010

    Carlismo y guerra civil en el reinado de Isabel II

    Siguiendo con nuestro estudio al pasado histórico contemporáneo de España nos acercamos al conflicto carlista en el reinado de Isabel II, con un afán pedagógico y procurando respetar el principio de brevedad en un artículo de un blog:

    Esquema
    1. La cuestión sucesoria.
    2. El problema del carlismo: la tradición y la cuestión foral.
    3. Las dos primeras guerras carlistas.
    4. Consecuencias de las guerras carlistas.
    1. La cuestión sucesoria
    Los últimos años del reinado de Fernando VII estuvieron llenos de tensiones políticas. La política de despotismo ilustrado del rey le enfrento a los realistas mas radicales que, ante la falta de descendencia del monarca, habían puesto sus esperanzas en el hermano de Fernando, Carlos María Isidro de Borbón, en torno al cual habían hecho partido. Pero el matrimonio del rey con María Cristina de Borbón cambió la situación. María Cristina dio en 1830 una hija, Isabel, a Fernando VII. El rey encontrándose enfermo y queriendo transmitir la Corona a su descendiente aprobó la Pragmática Sanción que anulaba la Ley Sálica, lo cual acababa con las pretensiones sucesoras de don Carlos. Esto dio lugar a dos partidos en la corte:
    a) Los absolutistas se oponían a la Pragmática Sanción pues no querían dejar el trono en manos de una niña de corta edad, ni en las de su madre, de la que no se fiaban. Preferían a Don Carlos, firme tradicionalista. Este partido se denominara carlistas y eran enemigos acérrimos del liberalismo y de cualquier reforma.
    b) En torno a Mª Cristina y a los derechos de su hija se fueron aglutinando los sectores reformistas de la Corte. Para ampliar sus apoyos buscaran a los liberales más moderados los cuales ven el momento de su rehabilitación. Son los isabelinos o cristinos.
    Entre 1830‑33 se produce una intensa lucha entre partidarios de un bando y de otro cerca del lecho del enfermo rey. Fernando VII se apoyó en los reformistas para asegurar el trono a su hija, pero sus vacilaciones mantuvieron a la Corte en vilo hasta que en 1833 murió. Isabel, con tres años de edad, heredaba el trono. Su madre seria elegida Regente. Para afianzarse en trono frente a los carlistas que no reconocían la sucesión, se apoyó en los liberales moderados para gobernar. Comenzaba así la primera guerra civil española contemporánea.

    2. El problema del carlismo: la tradición y la cuestión foral.
    Como opción dinástica, el movimiento carlista apoyaba las pretensiones al trono del hermano de Fernando VII, Carlos María Isidro y de sus descendientes, en contra de la línea sucesoria femenina encarnada en Isabel II. Pero más allá de la cuestión dinástica, el carlismo defendía a ultranza el mantenimiento de las viejas tradiciones del Antiguo Régimen, en abierta oposición a la modernización identificada con la Revolución Liberal.
    En sus comienzos el ideario político carlista era difuso, pero con el tiempo acabó articulándose en torno a las siguientes ideas:
    a) La tradición política del absolutismo monárquico.
    b) La restauración del poder de la Iglesia y de un catolicismo excluyente.
    c) La idealización del mundo rural frente a la sociedad urbana e industrial.
    d) La defensa de las instituciones y fueros tradicionales de vascos, navarros y catalanes frente a la uniformidad política y jurídica liberal. La cuestión foral es importante para definir al movimiento carlista pero la historiografía actual relativiza un tanto su importancia, ya que ni en todos los territorios donde arraigó el carlismo existía una acentuada conciencia foral, ni esta se canalizó en exclusiva a través del carlismo.
    En relación a la base social del carlismo conviene señalar que contaba con el apoyo del clero medio y bajo, que percibía el liberalismo como el gran enemigo de la religión y de la Iglesia, y una parte del campesinado, que veía amenazadas sus tradiciones y su situación económica por las reformas liberales.
    En el ámbito geográfico, el carlismo arraigó en las zonas rurales de las Vascongadas, Navarra, Aragón, la Cataluña interior y el Maestrazgo.
    3. Las dos primeras guerras carlistas
    El movimiento carlista desencadenó tres conflictos, dos de ellos durante el reinado de Isabel II y el tercero en el Sexenio Democrático, solucionado ya con Alfonso XII.
    La primera guerra carlista fue la más violenta y dramática, con casi 200.000 muertos. Los primeros levantamientos en apoyo de Carlos María Isidro, proclamado rey por sus seguidores con el nombre de Carlos V, ocurrieron al poco de morir Fernando VII, pero fueron sofocados con relativa facilidad en casi todos los lugares menos en las zonas en que hemos señalado que arraigó el carlismo.
    La contienda civil tuvo su repercusión internacional, ya que las potencias absolutistas (Prusia, Rusia y Austria) y el Papado apoyaron al bando carlista frente a las naciones liberales como Francia, Inglaterra y Portugal que secundaron a la nueva reina en el Tratado de la Cuadrúple Alianza de 1834.
    Ambos bandos contaban en sus filas con destacados militares, como Zumalacárregui y Cabrera en el bando carlista, y Espartero en el liberal o isabelino.
    El agotamiento carlista terminó por provocar la división interna del movimiento entre dos grupos: los intransigentes, partidarios de continuar la guerra, y los moderados, encabezados por el general Maroto, partidarios, por su parte, de llegar a un acuerdo honroso con el enemigo.
    Las negociaciones entre Maroto y Espartero culminaron en el Convenio de Vergara (1839), que marcó el fin de la guerra en el norte, ya que Cabrera resistió en la zona levantina casi un año más.
    La segunda guerra carlista (1846-1849) no tuvo el impacto ni la violencia de la primera, pero se prolongó de forma intermitente hasta 1860. El principal escenario de este enfrentamiento estuvo localizado en el campo catalán, con algunos episodios aislados en otros lugares. El pretendiente era Carlos VI, el hijo de Carlos María Isidro.

    4. Consecuencias de las guerras carlistas
    Las guerras carlistas tuvieron grandes repercusiones, además de un elevado coste humano. Las principales consecuencias fueron las siguientes:

    a) La inclinación de la monarquía hacia el liberalismo. El agrupamiento de los absolutistas en torno a Carlos V convirtió a los liberales en el más seguro apoyo a Isabel II.
    b) El protagonismo de los militares en la política. Ante la amenaza carlista, muy seria en algunos momentos, los militares se convirtieron en una pieza fundamental de la defensa del régimen liberal. Los generales, conscientes de su protagonismo, se colocaron al frente de los partidos políticos y se erigieron en árbitros de la vida política. El uso y abuso del pronunciamiento se convirtió en una práctica casi habitual para cambiar los gobiernos.
    c) Los enormes gastos de la guerra provocaron muy serios problemas financieros a la nueva monarquía liberal y condicionaron la orientación de reformas como la desamortización de Mendizábal.

    miércoles, 17 de marzo de 2010

    Partido Laborista. Segunda Parte

    A pesar del conflicto interno del laborismo a cuenta de la guerra sus expectativas electorales fueron buenas. En las elecciones el año 1918 se obtuvieron sesenta y tres escaños. Es el momento de la decadencia del Partido Liberal, ya que el Partido Laborista se convierte en el principal partido de la oposición. Es el momento de las presidencias de William Adamson, Clynes y, de nuevo, de MacDonald. En el éxito electoral del laborismo en el período de entreguerras estaría la incorporación de la clase obrera al sistema electoral gracias a la Ley de Representación Popular de 1918. También, hay que destacar en este período clave de la historia del laborismo británico por la definición de una clara política a seguir. Aunque dedicaremos un artículo monográfico a su figura, por su importancia, tenemos que citar a Sidney James Webb, ya que, redactó el programa laborista sobre política interior en 1918. Este progama tenía como objetivos el establecimiento de un salario mínimo, el control democrático del sector industrial y la reforma del sistema financiero.
    Hacia 1920 el partido contaba ya con unos cuatro millones de militantes, habida cuenta de la afiliación sindical. El gran momento para el Partido llegó en 1924 cuando MacDonald es llamado a formar gobierno. Posteriormente, también sería premier entre 1929 y 1931. Pero estos dos episodios de responsabilidad política de los laboristas fueron complejos por carecer de una mayoría parlamentaria suficiente para llevar a cabo las reformas que deseaban poner en marcha en el Reino Unido. La crisis financiera de 1931 provocó una crisis en la propia formación. MacDonald y otros destacados líderes desafiaron al partido y formaron un gobierno nacional con el respaldo de liberales y conservadores.

    miércoles, 21 de octubre de 2009

    Nacionalismo como conjunto de ideas

    Seguimos ahondando sobre el nacionalismo, que más que una ideología es un conjunto de ideas, de ahí su complejidad.
    El nacionalismo es un conjunto ideológico y que hace una interpretación integral de las sociedades humanas y de su forma de ordenarse políticamente. El gran problema para analizar debidamente el nacionalismo es que ese conjunto ideológico corta de forma transversal al resto de las ideologías. Así pues, podemos encontrar nacionalistas y antinacionalistas entre los liberales y los conservadores, entre los fascistas y los comunistas, entre los democristianos y socialistas, en distinta medida.
    Es difícil encontrar fascistas no nacionalistas pero en el universo de la izquierda la cuestión se complica. En principio, el socialismo marxista no era nacionalista, es más, era fuertemente antinacionalista, pero una de las causas del fracaso de la II Internacional fue que el llamamiento pacifista frente al estallido de la I Guerra Mundial fue superado por el componente nacionalista de los distintos partidos socialistas que se alinearon con sus respectivos países y votaron los créditos de guerra en los distintos parlamentos. El comunismo sería, también antinacionalista hasta la llegada de Stalin que definió el socialismo en un solo país y convirtió la guerra mundial en una guerra por la madre patria, y defendió un acusado nacionalismo.